Ruben

Parecía que nunca iba a llegar. Ese maldito día que tantas y tantas veces he soñado que tardase lo máximo posible en presenciarse en el calendario. El día en el que acaba un ciclo, el día que nuestros caminos se separan definitivamente. El día que retornarás, quizás, a tu lugar de origen. El último día que te veré portar mi escudo sobre tu corazón. El día que tienes que marchar.
Tranquilo, Rubo. Sé que puedes estar triste si finalmente no consigues el récord que te convierta en el máximo goleador de la historia del club en Primera. O quizás porque la temporada, en lo personal, no ha ido como te hubiera gustado. Pero tranquilo, Rubo, porque ya eres leyenda. Porque te llevas algo más que un récord, y es el cariño y la idolatría de una afición que te lleva queriendo ocho años. Que te lleva sintiendo como uno de nosotros. Porque ya, Rubén, eres uno di noi.
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Una de las 13 barras verdiblancas que luce el escudo del Real Betis Balompié. Una parte de la historia de este club ya la has escrito. Y en el momento, quizás, más difícil. Cuando nadie quería venir, cuando nadie quería quedarse. Cuando teníamos que salir a jugar en los fangos de Lugo. Cuando nos inundaba la mediocridad. Cuando éramos un equipo ascensor. Cuando a algunos les temblaba las piernas al salir a un Benito Villamarín harto de años y años de sufrimiento; ahí estabas tú. Dando la cara, siempre.
Crecí viéndote jugar, Rubén. Viéndote marcar goles imposibles. Viéndote celebrar uno a uno hasta llegar a tus 148 goles. Me hiciste idolatrarte. Me hiciste amar aún más este bendito deporte. Amar aún más a mi Betis, tu Betis, nuestro Betis. Gracias a ti podemos decir que hoy en día seguimos existiendo, porque tú lo salvaste de la muerte. Por eso, Rubén, no podía despedirme de ti sin darte las gracias.
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Las gracias porque sé que jamás mis ojos volverán a ver a un futbolista igual, a un goleador similar. Sé que pasarán los años y seguiré echándote de menos. Sé que te veré con otro escudo y dolerá, vaya si dolerá. Y también sé, por supuesto, que vas a estar marcando goles hasta que tú quieras.
Por fin hemos conseguido una clasificación europea que es tuya también. Quizás más que de nadie. Desde aquel 1 de septiembre de 2010 han pasado muchas cosas. Aquel día marcaste tu primer gol como verdiblanco, en la portería del Gol Norte de nuestro templo, del Benito Villamarín. La portería que tantas veces ha visto tu mítica cresta o, más recientemente, tus “mofles”.
Seguro, Rubén, te mereces otro tipo de despedida. Con un Villamarín lleno, en un partido homenaje. Con 50.000 almas coreando tu nombre, con un club que retire tu dorsal. Porque jamás volveremos a ver la camiseta 24 como algo normal. Porque pesará más que cualquier otro número. Y es que, Rubén, ninguno que lo porte va a cumplir las expectativas; porque aun asi eres inigualable.