Madrid

El Madrid, que no entraría en el partido hasta bien entrada la primera mitad, no estaba descifrando en su totalidad el bloque medio ‘red’. Entre juntarse y separarse, la ocupación del terreno constaba irregular porque faltaba profundidad y altura en su circulación. Klopp había dispuesto su equipo de tal manera que el Madrid necesitaba abrir mucho más arriba a sus hombres exteriores para empujar al rival a defender más atrás, una medida que dejaba en superioridad al tridente del Liverpool. Si por dos razones en concreto el Madrid arrancó la final sin continuidad fue por su toma de decisiones, irregular ante la principal misión, sumar pases y jugadores cerca del balón y mucho más arriba, pero, sobre todo, porque el Liverpool era todo lo agresivo con balón que no estaba siendo en la presión, gracias, fundamentalmente, a un sensacional Mohamed Salah. El egipcio, hasta su lesión, estuvo maravilloso.
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Fue así como el partido le hizo ver a Zidane que su equipo estaba adoleciendo de intensidad en las marcas y de coralidad en su plan con balón. El Liverpool, cuando recuperaba la pelota, a cualquier altura, esto no fue tan relevante, comenzaba a avanzar metros con toques precisos e inteligentes. Salah, jugando de espaldas y a un toque, dio al interruptor. Mezclando pico con corona del área en sus intervenciones, el ataque del Liverpool se procuraba situaciones de uno contra uno. Allí, en las primeras cuatro acometidas, algunas más francas que otras, constó Raphael Varane. El francés aparecía en la previa como un elemento corrector de gran necesidad. Y respondió. El Madrid, que formaba un tímido 4-1-4-1, con Casemiro librado para acudir a las ayudas en zona de tres cuartos, estaba despistado. Y como en el tramo de mayor dominio británico, ocurrieron dos cosas. Apareció Karim Benzema. Y se marchó lesionado Mohamed Salah.
El primero lo hizo absolutamente todo bien. El francés aúna dos virtudes complementarias e inigualables. A nivel táctico, el Madrid no dispone de otro futbolista que haga todo lo que hace Benzema de espaldas al arco. Su misión es organizar el juego de su equipo sin pensar en la portería, pues no la ve. Benzema mira al balón, mira las posiciones de su rival y de su compañero, el que tiene la pelota, y actúa en consecuencia. Ocupa un espacio, recoge la pelota, gira para liberarse o toca para darle continuidad a la jugada. Siempre para imaginarle a su equipo una ventaja posterior, pues reduce todo el impacto defensivo de su rival. Pero además, a nivel intelectual, su interpretación y su timing para encontrarse con el balón y equilibrar la jugada, condenó al Liverpool a una defensa mucho más baja. Vistas y contadas todas las intervenciones del francés en la primera mitad, y después de que el Liverpool pasara de un 4-3-3 a un 4-4-2, las líneas de pase para el conjunto blanco se multiplicaron.
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Ahí arrancó la final para el Real Madrid, que se fue a vestuarios habiendo sumado pases y más pases, en campo contrario y con todas las misiones en su lugar. En el lado fuerte se vislumbraba mucha movilidad e intención.